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A 50 años del asesinato de un icono liberal Robert Kennedy

06-06-2018 (14:45:03) ACTUALIDAD

 En las primeros minutos del 5 de junio, poco después de festejar su triunfo en las elecciones primarias de California, y nutriendo optimismo entre filas demócratas de que el país podría haber encontrado el líder que podría generar unidad en un país dividido por conflictos de raza, desigualdad económica y guerra, Robert F. Kennedy fue asesinado.

Dos meses antes otra figura nacional, el reverendo Martin Luther King, había sido abatido por balas de un asesino, y ambas tragedias sacudieron al país y marcaron un año como ninguno antes o después en este país: 1968, hace 50 años.

Esa madrugada, poco después de dar un emotivo discurso de triunfo, cuando salía por la cocina del Hotel Ambassador en Los Ángeles, se detuvo para saludar a los trabajadores de la cocina, y mientras le daba su mano a un joven asistente de cocina, se escucharon los balazos. Kennedy cayó al suelo, donde su cabeza fue sostenida por el asistente de cocina, y quien vio que estaba tratando de decir algo y acercó su oído. “¿Todos están bien?”, preguntó y el asistente de cocina le respondió que sí, y le prestó su rosario mientras la sangre corría (la escena se grabó en la foto histórica de la tragedia). Ese asistente de cocina ahora tiene 67 años, y es un inmigrante mexicano, Juan Romero.

“Había un tiempo donde pensaba que la esperanza estaba muerta. Estaba ahí, acostada sobre el piso”, comentó Romero en una entrevista reciente con el Los Angeles Times. Sigue respetando los ideales del hombre que estaba entre sus manos, y dice que tal vez debe “ayudar en que todos entiendan que hay gente que intenta corregir las injusticias”.

Robert Kennedy, hermano del presidente John F. Kennedy que fue asesinado cinco años antes, se convirtió en una figura liberal en un momento de crisis política nacional, prometiendo abordar los grandes desafíos de la desigualdad económica y racial; sobre todo, acabar con la guerra de Vietnam, es decir, llevaba la bandera de las propuestas progresistas surgidas de los movimientos sociales de los sesenta.

En 1967, como senador (fue electo en 1964), visitó las zonas más marginadas del país, desde la Delta del Mississippi a reservaciones indígenas como Pine Ridge en Dakota del Sur. En marzo de 1968, continuando con estas giras visitó a César Chávez y otros líderes del sindicato de jornaleros UFW (cuyo lema sería tomado por Barack Obama décadas después - “si se puede”).

El 16 de marzo de 1968 anunció su candidatura para presidente, poco después de la sorprendente decisión del presidente Lyndon B. Johnson (quien fue el vicepresidente de su hermano) de no buscar la reelección. Declaró que “no puedo quedarme al margen de la contienda que decidirá el futuro de nuestra nacional y el futuro de nuestros hijos” y llamó por “un liderazgo moral del planeta”.

El entusiasmo creció en torno al joven senador -tenía 42 años- y su compromiso con los pobres y con el movimiento de derechos civiles. El 4 de abril, mientras ofrecía un discurso en Indianápolis, ante un público en gran parte afroestadunidense, fue él quien tuvo que anunciar la noticia del asesinato del reverendo King. Su discurso se volvió uno de los más famosos, y como resultado -se dice- mientras decenas de ciudades alrededor del país estallaron en llamas de motines sociales detonados por la ira y desesperación, Indianápolis se expresó en calma, sin estallar la violencia.

Dos meses después, Sirhan B. Sirhan dispararía las balas que pronto apagaron la vida de otro Kennedy (y, al igual que en el caso de su hermano, décadas después se siguen disputando las circunstancias de su muerte, sobre si hubo un segundo asesino, si el homicida Sirhan sabía lo que estaba haciendo, etc).

Su legado ha sido evaluado durante estos días en los medios, foros y otros eventos que marcan el 50 aniversario de su muerte, y en particular el contraste entre él y el actual presidente. Kerry Kennedy, hija de Robert y directora del Centro Robert F. Kennedy de Derechos Humanos (organización que otorgó su premio de derechos humanos a Abel Barrera Hernández de Centro Tlachinollan y por otro lado a la Coalición de Trabajadores de Immokalee en años recientes, entre otros), comentó recientemente en entrevista con The Guardian que “mi padre dedicó la mayoría de su campaña en el ’68 enfocado en curar las divisiones dentro de nuestro país y vino alguien que podría empeorarlas aun más de lo que estaba. Donald Trump llegó al poder como alguien que explota esas divisiones y ha estado explotando esas divisiones, algo tan dañino a nuestro país”.

Pero Kennedy no fue siempre un icono liberal. De hecho, fue un enemigo de la izquierda y militante de la guerra fría. Kennedy fue asesor y amigo íntimo de la familia del senador Joseph McCarthy en los cincuenta, y entusiasta participante en la cacería anticomunista que se desató cuando senador, trabajando con abogados como Roy Cohn quien era el estratega de McCarthy (y años después mentor del joven Donald Trump).

Como procurador general, durante la presidencia de su hermano, Kennedy autorizó a la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) intervenir las comunicaciones y mantener la vigilancia del reverendo King después de su Marcha a Washington. Fue asesor clave de su hermano durante la invasión de Cuba en 1961, como durante la crisis de los misiles y también con las decisiones para ampliar la presencia estadunidense en Vietnam, entre otras intervenciones en el extranjero.

Pero a la vez, algunos historiadores documentan lo que algunos llaman un “metamorfosis” de Robert Kennedy después del asesinato de su hermano en 1963. Y son sus últimos cinco años los que han definido el legado festejado hoy, a quien algunos declaran como una de las figuras más dominantes de su momento.

Después de morir, su cuerpo fue trasladado a Nueva York donde el 8 de junio se realizó su funeral en la Catedral de San Patricio, e inmediatamente después su ataúd fue puesto en un tren que lo llevaría a Washington para ser enterrado en el cementerio nacional de Arlington. El tren se llenó de su familia, amigos y una amplia gama de la crema política y cultural. Pero al proceder, a lo largo del camino la gente común, anónima, se congregaba a lo largo de las rieles para despedirlo - algunos cálculos circulan alrededor de más de un millón de personas, blancos y negros, jóvenes y viejos. Las imágenes de esto se volvieron icónicas. La periodista e historiadora oral Jean Stein documentó el viaje, y con ello, la vida del pasajero famoso, en entrevistas con los que lo acompañaron en ese tren (“American Journey: The Times of Robert Kennedy”).

Tal vez fue lo que la gente, los luchadores, los soñadores de justicia, los que educaron y transformaron a Kennedy en sus últimos años y hacerlo en lo que la mayoría ahora recuerda: un convocador del idealismo liberal estadunidense, y ante la coyuntura actual, un personaje heroico.

La conmemoración del 50 aniversario de su muerte será realizada en su tumba en el Cementerio Nacional de Arlington (a las afueras de Washington) este miércoles. Kerry Kennedy, el ex presidente Bill Clinton, el represemtante federal e icono de la lucha por los derechos civiles John Lewis, y Emma Gonzalez, una líder del nuevo movimiento nacional por el control de las armas que surgió de la masacre en la preparatoria en Florida en febrero, serán algunas de las personalidades que darán lectura a escritos y discursos de Robert Kennedy.

El ’68 en Estados Unidos apenas empezaba su segundo tiempo.

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